Jeray

Jeray tiene dieciocho años y escribe su vida sin salirse del papel pautado que ha trazado su padre. Su padre: Juan, el hijo de Hortensia.Sus pasos, sin voluntad, de zapatillas deportivas y bajos de pantalón arrastrado, no se salen de las líneas, pero su mirada, a veces, si te acercas y te fijas, tiende hacia arriba, escapa por la diagonal de la hoja como queriendo ir más lejos. Con renglones de niño.
Su voz se roza contra los años y la hierba, el humo. Tiene esa ausencia de matices que se consigue a fuerza de estar poco consciente y dormir las mañanas con la luz encendida sin escuchar a los pájaros. Pero es buen chico. Siempre busca trabajo y no lo encuentra. Tiene mala suerte, como su padre.Todavía tiene lucidez y coraje para llamar a la policía si su padre necesita ayuda, para oír sus gritos agrios sin levantar la voz ni la mirada y hacer un arco dulce con las cejas tiernas para explicar, sin lágrimas, lo que ha pasado.
Hace muchos años le dejé un libro. Todavía era un crío. Recuerdo que se lo dejé a sabiendas de que era un anzuelo. De que con él, si no picaba, amarraría una cuerda.
Tenía entonces doce años y ya estaba todo escrito.
Los vecinos se obstinaban en leer su futuro, negar con la cabeza y mirar a otro lado. Y claro, a fuerza de repetirlo en voz muy baja, muchas veces, se habrá cumplido.

Pero Jeray sabe que una vez, en casa, le dejamos un libro.

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